A lo largo de tantos años dedicada a dar talleres infantiles me he encontrado con much@s niñ@s.

Si me conoces, ya sabes que tod@s me gustan. No hay un@ con quien no disfrute.

Los hay súper tímid@s que luego, no tanto.

Sonrientes y que todo les parece bien. Sobre todo, su resultado 🙂

L@s que no se atreven y necesitan un empujón para arrancar, y quienes, antes de que hayas terminado de contarles la propuesta, están ya pintando a todo trapo.

Cada niño, un mundo diferente

Están l@s pausad@s y que se concentran con mucha facilidad.

Y l@s muy movid@s.

En este último caso muchas veces me advertís.

Yo os sonrío.

Entonces me insistís (pensando que no me he enterado).

Y os explico que, aunque en casa no pare o en el cole digan que no se concentra, no estoy preocupada porque sé que aquí va a surgir la magia.

No te lo digo para que te vayas tranquil@ sino porque siempre es así.

Donde empieza la magia

Puede que haya niñ@s que terminen antes con las premisas que le has dado, o que necesiten que añadas a estas, otras cuantas.

Pero nunca me he encontrado con un@ que no haga la inmersión.

Como en el buceo, sí.

Es arrancar el taller y bloop, sumergirnos.

Igual que en el fondo del océano, llegamos a un espacio en donde deja de existir el resto.

Y aparece ante nosotr@s una especie de cuarto de juegos. Uno inagotable, de esos que tiene de todo y todo te seduce.

El momento más difícil: salir del agua

Hasta que llega el momento más difícil; el de marcharse.

Yo, venga a decir que hay que recoger.

Y ell@s, ni caso, jajaja, como debajo del agua, que no se escucha nada.

Estoy pensando en apuntarme a un curso de lenguaje y sistemas de comunicación submarina.

A ver si así…