Yo tengo una imagen bastante nítida de mis primeros cuadros.

Los que pinté cuando aprendía a pintar y esos otros a los que dediqué más horas.

Recuerdo, sobre todo, que salieron de mi mano sin que yo supiera cómo.

Y que lo que me hizo disfrutar, no fue tanto el resultado como las horas de inmersión en el proceso.

Mi búsqueda.

Esa conexión tan bonita con algo que aún no sabes qué es.

La satisfacción.

La emoción cuando te acercas.

Y el contento si, de un modo intuitivo, llegas a lo que querías.

El momento hallazgo

Si has pintado sabes a qué me refiero.

No estoy hablando de grandes obras ni tienen que ser cuadros en los que has invertido muchas horas.

Sino de cualquier cosa.

Puede ser resultado de una sesión corta.

Es el hecho de ponerte a pintar lo que te traslada a otro lugar.

Y ahí estás, poniendo, quitando y volviendo a empezar.

Hasta que de pronto te dices:

— ¡Esto era!

Me encanta ese instante: el momento hallazgo.

Pintar como forma de conexión

Pero lo mejor del camino (que no se hace al andar, como decía Machado, sino pintando 🙂 no es el resultado.

La verdadera riqueza está en lo que encuentras mientras pintas.

¿Qué qué es?

Una manera de estar.

Es como dar con una ruta que te comunica contigo.

Y no importa si le dedicas un rato corto, media mañana o tardes enteras.

La maravilla es que siempre que te pones, vuelves a conectar.

Porque has descubierto una especie de interruptor que te permite entrar en modo mi rato yo.

Tu cabeza ya se conoce el camino.

La senda que te conduce al lugar secreto y maravilloso que te conecta con ese algo que sigo sin saber nombrar.

El placer de pintar sin exigencias

Todo eso te da la pintura, sí.

Si tú le das a ella una oportunidad.

Y a eso nos dedicamos en el curso de pintura y dibujo para adultos.

A pintar por el placer de hacerlo.

Y a descubrir esos momentos especiales en los que creas algo que te hace feliz.

Y es que, como decía Neil Gaiman:

«El mundo siempre parece más brillante cuando acabas de hacer algo que antes no estaba allí».